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El Teatro Real

     Estás cenando sola en casa, y no esperas a nadie. Pero llaman a la puerta. Cuando abres se presenta ante tí un hombre alto y de porte distinguido, ataviado con una capa de satén negra y una pajarita. “Qué querrá”, te preguntas. Una posibilidad (y un deseo por tu parte): que le indiques dónde está el Teatro Real, típico sitio adonde acuden la gente más noble de la ciudad, y que suelen vestir como el desconocido. Eso sí, mucho se tiene que haber perdido el pobre hombre, pues tu vives en un barrio obrero de las afueras, y el Teatro Real se encuentra en pleno centro.

-   ¿Si? – le preguntas, secándote la boca con la manga.

-   Buenas noches – Saluda con voz profunda y una mirada penetrante. Y sonríe.

     “¡Pedazo incisivos!.”, te sorprendes. “Este hombre debería ir cuanto antes al dentista a que le arreglen esa boca… Además, tendría que tomar más el sol. Está más blanco que el culo de una monja”. Él parece adivinar tus pensamientos, porque te sonríe aún más y lanza una inquietante risita.

-   Je, je, je, je…

     Se presenta como el Conde de Transilvania, aunque también añade que le puedes llamar "simplemente Drácula". Y al decir esto hace un gesto con los dedos de la mano, como quitando telarañas de delante de tus ojos, mientras te atraviesa con la mirada. No sabes por qué pero tienes la imperiosa necesidad de invitarle a cenar contigo en la intimidad.

-   Señor Drácula, ¿desea pasar adentro y cenar conmigo en la intimidad?

      Duda.

-   Depende. Qué tienes - pregunta.

-   Sopa de ajo

-   ¡Dios maldito, que me acorralas! – exclama, rabioso.

     Atemorizada, rápidamente te justificas diciendo que como eres una emigrante sin papeles no tienes para más, así que no puedes ofrecerle más que la maldita sopa de ajo de la que, por cierto, tú misma estás hasta el ojete (palabras textuales). Y te echas a llorar desconsoladamente.

-   Está bien, lo comprendo, no pasa nada – acepta el conde ya más sereno. No obstante, rechaza tu invitación, y te cuenta que hace tiempo le echaron un "mal de ajo", y ahora no puede disfrutar de ninguna comida que lleve dicho alimento.

     A pesar del dramatismo del momento, lo notas un poco sobreactuado y te hace dudar entre si su historia es verdad, si es una mala excusa o simplemente ha soltado la primera chorrada que se le ha ocurrido con tal de que dejes de llorar. En cualquier caso, el hombre termina por entrar en la casa y se sienta en una silla a esperar a que tú termines de cenar. Todo lo hace en silencio y con mucha dignidad.

-   ¿Está seguro de que no…? – insistes ofreciéndole sopa antes de meterte la primera cucharada en la boca.

       Él se limita a negar con la cabeza.

    Acto seguido, comienza el concierto de tus sorbidos y tus modales en la mesa. Brrrrr (sorbido)… golpecito de la cuchara contra el plato para rellenarla… Brrrrr (sorbido)… Otro golpecito de la cuchara contra el plato… Brrrrr (sorbido)… El conde cierra los ojos como si se quisiera concentrar y se tapa, disimuladamente, los oídos con sus largos dedos… Brrrrr (sorbido)… golpecito de la cuchara… Brrrrr (sorbido)…

      Finalmente, el hombre carraspea, te sonríe amablemente y te hace una petición:

-   Querida, ¿podrías evitar el hacer esos ruidos mientras comes?

-   Cuáles.

     Brrrrr (sorbido)… Golpecito en el plato… Brrrrr (sorbido)

-  Ésos que haces tan rítmicamente.

-  ¿Este… Brrrrr (sorbido)… o este? – y golpeas con la cuchara en el plato.

-  Los dos, querida. ¿Podría ser?

-  ¡Oh! – exclamas. Y piensas: “Quizás tenga razón, y no soy más que una bruta en la mesa. Al fin y al cabo, él es como los que van al Teatro Real, y esa gente sabe comportarse muy bien, sí señor”, así que decides cambiar tu manera de comer, esto es, haces un gesto como de volverte muy refinada, cargas la cuchara por completo de sopa lentamente y, justo antes de metértelo en la boca, dejas caer la mitad en el plato… Rrrrrr (Sopa cayendo)…- ¿Así? – preguntas.

     Pero el conde ha decidido adoptar una actitud zen, y suspira condescendientemente.

-  Sí, está bien así. Pero bueno, quién soy yo para criticar tu manera de tomarte la sopa. Hazlo como creas conveniente, querida. 

    Brrrrr (sorbido)… golpecito de la cuchara en el plato… Rrrrrr (Sopa cayendo)… Brrrrr (sorbido)… Golpecito de la cuchara… Rrrrrr (Sopa cayendo)… Brrrrr (sorbido)…

     Apenas unos minutos después terminas de comer, te vuelves a secar con la manga, recoges la mesa y te dispones a mantener una conversación cordial y amistosa con tu invitado, sentados en el sofá de dos plazas del saloncito, a la sazón, el único sofá en el saloncito.

-  Señor Drácula, ¿cree usted que yo podré ir al Teatro Real algún día ? – le preguntas.

-  ¿El Teatro Real?

     Parece que no comprende lo que le quieres decir.

- Si, que si yo podré ponerme alguna vez uno de esos vestidos vaporosos que se ponen las mujeres de su clase, e ir al Teatro Real a escuchar una de esas obras aburridas que escuchan ustedes.

   Pero entonces el conde, con un gesto ágil, vuelve a quitarte las telarañas de delante de tus ojos, moviendo los dedos en círculo, mientras te dice con una mirada profunda:

-  ¡Silencio!… Eres mía, ¿entiendes? Sólo mía… Me perteneces y me vas a obedecer en todo lo que te diga… Debes hacer todo lo que yo te ordene… Y sin rechistar...

   Tú no entiendes muy bien lo que ocurre, pero, ciertamente, sientes que su voz se va convirtiendo en un susurro incisivo y poderoso que se introduce por tus oídos, y, llegando al fondo de tu cerebro, anula toda tu voluntad.

     Mas, de repente, un grito te devuelve a la realidad.

-  ¡Noooo!

     Es del conde.

-  ¡Qué le pasa, señor Drácula! – le inquieres, alarmada.

-  ¡La... cruz, la cruz! - contesta él, más alarmado que tú, y escondiendo la vista.

     Te fijas y sólo encuentras colgando de tu cuello el medallón de algo más de medio kilo, que te regaló tu madre el día de tu primera comunión... ¡Y que tú te acabas de poner, pensando que ese tipo de alhajas venían muy a cuento entre la gente que va al Teatro Real! Cuando le explicas que eres católica, apostólica y ­romana, al conde se le escapa un gruñido que retumba en las paredes. Sin duda, algo del medallón le incomoda pero, a pesar de tus esfuerzos, no consigues averiguar qué es. Así se lo haces saber un tanto disgustada.

-  A pesar de mis esfuerzos, no consigo averiguar qué es eso que tanto le incomoda del medallón, señor Drácula.

    Pero el conde, escondido tras su capa, se limita a pedirte, casi se diría a suplicarte, que "te quites la cadena, por favor, quítatela si no quieres verme sucumbir en la más terrorífica agonía". Ciertamente te resulta difícil saber a qué tipo de agonía se refiere, pero bueno, decides obedecer, te desabrochas la cadena y la guardas en un cajón.

     Al girarte, los ojos del conde ya te están taladrando desde el otro lado del salón.

-  Ven… ven aquí y obedéceme - ordena.

     Su voz es una voz dominante, segura y firme, una voz que te arrastra al deseo más irresistible, al pecado más obscuro. Lentamente, te acercas a él, y dejas caer la cabeza en la mano que te coge por la nuca. Cierras los ojos, entreabres la boca y...

-  ¡Ahhh! - vuelve a gritar, de nuevo, el conde.

   Tú, que te sientes como si te despertasen bruscamente de un dulce sueño, empiezas a estar un poquito harta de tanto sobresalto.

-  ¿Qué le pasa ahora, señor Drácula?

-  ¡Tu aliento, tu aliento! - te responde con cara de asco.

-  ¿Mi aliento? ¡Qué pasa con mi aliento!

-  ¡Huele a ajo!

     ¡Lo que faltaba, hasta ahí podíamos llegar!

-  Señor Drácula, no me parece ni mínimamente bien lo que me acaba de decir. No es propio de la gente que va al Teatro Real faltarle así al respeto a los demás – le recriminas –, aunque seamos de clases distintas.

     Nerviosa, te diriges a un minúsculo mueble-bar y sacas un vaso alargado, donde viertes la mitad de la última gota de güisqui que le queda a la botella. Naturalmente te la bebes de un sorbo, pero cuando vas a repetir, la mano del conde te prende férreamente por la muñeca.

-   ¿Es que pretendes emborracharte, estúpida? – te censura.

    Callas y, arrepentida, miras al suelo, momento que él aprovecha para morderte, de sopetón, en el cuello. Lo hace con todas sus fuerzas, absorbiendo gota a gota tu sangre hasta tragarse, de un tirón, los casi cinco litros que corren por tus venas.

      Pierdes el sentido.

      Te despiertas.

      Estás tumbada en el sofá con las piernas colgando.

-   ¿Dónde estoy? - preguntas. A tu lado, el señor Drácula permanece sentado en una silla un poco pequeña para él.

-   En tu apartamento - responde.

-   Y qué ha pasado.

-   Nada. Que te has convertido en inmortal.

-   Qué pasada…

-  Si tu lo dices... Pero mejor no te hagas muchas ilusiones, no es tan divertido. A partir de ahora vas a tener que dedicar todo tu tiempo a chuparle la sangre a la gente. Y no es tan fácil, créeme. Si no lo haces, perderás todas tus fuerzas y los dones que se te han otorgado.

-   ¿Dones? Qué dones.

-  Además de la inmortalidad, desde ahora puedes volar, ver en la oscuridad, trepar por las paredes, desvanecerte en la niebla o entrar y salir de cualquier sitio a tu voluntad.

-   ¡Cómo! – exclamas con alegría. Acabas de darte cuenta de la posibilidad de cumplir un sueño – Entonces puedo…

-   Puedes hacer todo lo que se te antoje, siempre y cuando no te dé la luz del sol.

-   ¿Puedo entrar y salir del Teatro Real cuando me dé la gana? – preguntas llena de emoción.

-   Ignoro qué es eso del Teatro Real. Pero supongo que sí.

   De pronto, sientes que un regocijo enorme te asalta, una alegría incontrolada que te hace sonreír abiertamente, sinceramente, plenamente… hasta que descubres que algo extraño te molesta en la boca. Extrañada, mueves la lengua de un lado a otro de los dientes, te los tocas con los dedos y compruebas, con sorpresa, que los colmillos te han crecido hasta duplicar su original tamaño, y deduces, equivocadamente, que tú también vas a tener que ir al dentista para que te arregle tal desaguisado.

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